martes, 7 de septiembre de 2010

El primer Borges

Siempre es recurrente hablar de Borges y tomar como ejemplo de su literatura el breve texto de "El Hacedor", Borges y yo, en donde disgrega cuáles son aquellas características de aquel que escribe, el Borges escritor, del Borges persona. Sin embargo, ¿es posible encontrar dos visiones de Buenos Aires en la poética de nuestro autor? Esa pregunta a mi parecer tiene una respuesta afirmativa, aunque estrechamente relacionadas una visión con la otra.
Borges tiene dos visiones de su ciudad debido a que a medida que envejecía, tambien la ciudad lo hacía. Él se había críado en Palermo. Esa revelación del mundo cuchillero que aparecía más allá de los anaqueles de su biblioteca sigue y siendo parte importante de su obra.
Hay dos Borges en su poesía respecto a la ciudad de Buenos Aires. Uno surgido con la juventud, más vinculado a corrientes estéticas en boga como el ultraísmo. El conocer su ciudad, o mejor dicho, el redescubrir su ciudad a la edad en que sus primeros textos van siendo publicados muestra en el poeta joven una fascinación particular. El mundo y el submundo de su Buenos Aires debía ser mostrada bajo el tamiz de la poesía pero también documentarla como en el caso de Evaristo Carriego que más que una biografía del poeta entrerriano busca encontrar la mitología de su barrio.

Ese primer Borges abarca casi un lustro de producción. Desde Fervor de Buenos Aires hasta Cuaderno San Martín, es decir, de 1923 hasta 1928. El segundo Borges comienza cuando vuelve a públicar poemas en formato de libro con la edición de El Hacedor hasta Los Conjurados, o sea, de 1960 a 1985.
Hoy nos encargaremos de ese primer Borges. El Borges poeta venido de Europa y que se había enriquecido de poemas y corrientes poéticas.
Es sabido que el primer libro de Borges iba a ser un breve corpus llamado Los himnos rojos que eran versos dedicados a la naciente Revolución Rusa. Sin embargo decidió abandonar ese proyecto aunque algunos textos habían quedado. Este proyecto fue escrito bajo la corriente poética del ultraísmo, corriente contraria al Modernismo de Lugones o Darío al que catalogaban de "recargado de adorno y sin sustancia". Estamos hablando del año 1921. Ese Borges que ha vuelto con su familia a la Argentina y sobre todo a Buenos Aires. Encontrar en Buenos Aires como dije en otro momento fue encontrarse con lo más parecido que las mitologías anglosajonas le habían dado: la posibilidad de encontrar héroes. Borges encontró a una ciudad que respiraba historia en todos lados. Borges vió a Buenos Aires con los ojos de un turista, con los ojos de la literatura. Desde ahí en adelante, sería la piel de sus poemas y por los que encaro su primer proyecto poético: Fervor de Buenos Aires. Luego le siguieron otros libros en donde con mayor o menor suerte Borges buscaba mostrar su argentineidad, su pertenencia a su tierra.
Ese poeta jóven buscaba referencias para escribir sobre su ciudad en ambitos específicos y hechos específicos. Aparece desde la Plaza San Martín:

¡Qué bien se ve la tarde
desde el fácil sosiego de los bancos!
Abajo
el puerto anhela latitudes lejanas
y la honda plaza igualadora de almas
se abre como la muerte, como el sueño.

(Plaza San Martín, Fervor de Buenos Aires, 1923)

Otros puntos son las calles, los patios, el jardín,el truco. Sorprende por la curiosidad la aparición de la carnicería:

Más vil que un lupanar
la carnicería rubrica como una afrenta la calle.
Sobre el dintel
una ciega cabeza de vaca
preside el aquelarre
de carne charre y mármoles finales
con la remota majestad de un ídolo
.
(Casi juicio final, Fervor de Buenos Aires, 1923)

Fervor de Buenos Aires se adivina como el espacio en donde poeta inquiere sobre su destino amoroso y literario. Hay momentos de esplendida lucidez como en Despedida cuando dice

Entre mi amor y yo han de levantarse
trescientas noches como trescientas paredes
y el mar será una magia entre nosotros.

(Despedida, Fervor de Buenos Aires, 1923)

Los otros dos libros sobre los que ubicamos esta primera faceta de Borges poeta en Buenos Aires ensayan los esbozos de esa mitología que urde en Evaristo Carriego; esto aparece sobre todo en Cuaderno San Martín desde su inicio con "Fundación Mitológica de Buenos Aires" al que después cambiaría por "mítica".

La mayoría de estos poemas, invocan a la historia, o a las voces del pasado para que hablen. La voz del pasado es una cita de autoridad cuando se busca juzgar algo en partícular. En Borges esta cualidad no es desdeñable. La historia aparece por los rincones cuando no son las voces invocadas las que hablan.

Así, en su poema "Muertes de Buenos Aires" encontramos a las históricas clases sociales divididas por cementerios, aunque Borges diga que esta división es "imperdonablemente" exagerada. "Elegía de los portones", "El Curso de los recuerdos", "El Paseo de Julio", etc. son poemas que siguen con esa singular característica. Habla la historia. El poeta, como ser sensible ante las voces poderosas, no hace sino que transcribir. Esta transcripción no esta exenta de fascinación por lo que ve. Para Borges la ciudad sigue siendo, en su juventud, la Itaca en donde poblar sus obsesiones, sus fantasías, su mitología.
Hay un poema de esas épocas que puede resumir esta primera faceta de Borges.

Se llama "Casi juicio final" y es de Luna de enfrente.

Mi callejero no hacer nada vive y se suelta por la variedad de la noche.
La noche es una fiesta larga y sola.
En mi secreto corazón yo me justifico y ensalzo: He atestiguado el mundo; he confesado la rareza del mundo.
He cantado lo eterno: clara luna volvedora y las mejillas que apetece el amor.
He conmemorado con versos las ciudad que me ciñe y los arrabales que me desgarran.
He dicho asombro donde otros dicen solamente costumbre.
A los antepasados de mi sangre y a los antepasados de mis sueños he exaltado y cantado.
He sido y soy.
He trabado en firmes palabras mi sentimiento que pudo haberse disipado en ternura.
El recuerdo de una antigua vileza vuelve a mi corazón. Como el caballo muerto que la marea inflige en la playa, vuelve a mi corazón.
Aún están a mi lado, sin embargo, las calles y la luna.
El agua sigue siendo dulce en mi boca y las estrofas no me niegan su gracia.
Siento el pavor de la belleza; ¿quién se atreverá a condenarme si esta gran luna de mi soledad me perdona?

(Casi juicio final, Luna de enfrente, 1925)

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