jueves, 11 de noviembre de 2010

Ultima voz a Buenos Aires


(Borges, Alvarez Debans, 2009)

La constante referencia a la muerte en la obra de nuestro escritor está más contemplada por la grandeza de haber muerto más que en la desdicha de dejar a nuestros seres queridos. Pero cuando la vida de Jorge Luis Borges empezaba a irse entre las incertidumbres que generaría su obra y sus derechos (el casamiento en Paraguay, la radicación definitiva en Ginebra), sus textos comenzaron a trabajar la muerte ya no como una amenaza ni como una postura heróica, sino como el signo de resignación ante el fatal destino, el único destino posible entre los vivos.
En el blog no nos vamos a poner a cuestionar sobre el mejor lugar de descanso eterno para Borges. Pero sí vamos a hacer referencia al último texto sobre una posible morada eterna en esta ciudad. Se llama La Recoleta y está editada en Atlas, de 1984.



LA RECOLETA

Aquí no está Isidoro Suárez, que comandó una carga de húsares en la batalla de Junín, que apenas fue una escaramuza y que cambió la historia de América.
Aquí no está Félix Olavarría, que compartió con él las campañas, la conspiración, las leguas, la alta nieve, los riesgos, la amistad y el destierro. Aquí está el polvo de su polvo.
Aquí no está mi abuelo, que se hizo matar después de la capitulación de Mitre en La Verde.
Aquí no está mi padre, que me enseñó a descreer de la intolerable inmortalidad.
Aquí no está mi madre, que me perdonó demasiadas cosas.
Aquí bajo los epitafios y las cruces no hay casi nada.
Aquí no estaré yo. Estarán mi pelo y mis uñas, que no sabrán que lo demás ha muerto, y seguirán creciendo y serán polvo.
Aquí no estaré yo, que seré parte del olvido que es la tenue sustancia de que está hecho el universo.

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